martes 30 de junio de 2009

Fluorescente rrrepresión


Abran las compuertas, la Paranoia arribo a nuestro territorio.

Es el primer muerto por gripe A.

Y a todos nos falta mucha vitamina C,

y un abecedario vitamínico para las neuronas corporativas.


Y ya son dos por la gripe A,

y a todos nos sigue faltando mucha vitamina C, B12, B14.

Exigimos que los fitonutrientes se repartan al por mayor,

que las familias formen filas de miles y miles para recibirlas.


-- Ah no, nene. Vos ya pasaste dos veces…

-- Pero mi hermano está enfermo y mi papá se fue del país, mi mama tiene un brazo herido colapsado de putrefacción y solo pude venir yo. Yo y mis otros yos.

-- No nene, vos ya pasaste dos veces…


Un empujador dijo:


-- Daleee, pendejo. Movete que todos queremos los fitonutrientes.


Y un vociferador dijo:


-- ¡Policia Federal, descontrole la ciudad!


Y el nene dijo:


-- Dele señor, deme una bolsa más, los fitonutrientes no pueden faltar.

-- Chalecos fluorescentes y se van todos a la seccional.


Y mientras tanto,

los motochorros volvieron a cruzar semáforos en rojo.

Sincronía de destrozos morales,

sincronía de desgracias sociales.


Otra voz reprime, otra voz se deja escuchar.

Otra voz pisó la trompeta chiquita, la Nación de papel, y la doceava página.

Otra vez, la psicosis maniática resulta tener rating super star.


Mañana en el Abasto.

Me acuerdo el día en que te conocí.
Caminaba por el abasto, calle Anchorena, no recuerdo más. Pero venía caminando, miraba hacia arriba, miraba hacia abajo. Me concentré en las líneas que hay entre las baldosas, comparten sus aristas, comparten metros y metros en común. La temperatura ideal, las mejores de la primavera; las seis de la mañana en la semana de un noviembre. Entraba más tarde al colegio y aproveché ese día para ir fumada a clase. Teníamos historia en las dos primeras horas.
Sol cálido, sol que abraza.
Volví a mirar hacia arriba, escuché tus pasos. Sola, iba caminando por el abasto.
Escuché que cantabas, escuché tus pasos.
Me diste miedo, todavía no había fumado y me diste miedo. Tenías unos lentes de sol; tu pelo era ausente, pero tenías la juventud a tus pies. Miré tus zapatillas, me gustaron. Miré tu campera, y después traté de mirarte a los ojos.

Persistí, y logré verlos. Esbocé una rápida sonrisa y provoqué el mismo gesto.

-- Buenas zapas…
-- Lindos ojos…
-- No me gustan tus lentes, pero la campera está buena.

Sacaste las manos de los bolsillos. Vi tus manos, eran grandes y tenías los nudillos rebosantes.

-- ¿Por qué caminas sola? – preguntaste.
-- Todo el día ando sola. – respondí.
-- Ah. – y pitaste tu cigarrillo. De esos que pensaba fumar antes de entrar.
-- ¿Por qué caminas solo? – pregunté.
--¿Querés? – reteniendo el humo, respondiste.

Acepté y empezamos a caminar para el mismo lado. No me di cuenta, y nos alejábamos cada vez más de mi escuela.

-- ¿Ibas para algún lado?
-- Si, para la clase de historia.

Te pasé el cigarrillo y nos pusimos a mirar a un verdulero que baldeaba la vereda. No te lo dije nunca, pero la guitarra que llevabas encima fue lo que me impulsó a saludarte. Nos sentamos en la puerta de una casa. La puerta era de madera, la casa de cemento, de color amarillo viejo.

Y ya pasaron cuatro años de esto,
y todavía me voy a dormir pensando en vos.
Si, tal como lo lees, pensando en vos.
Pensando en vos y en las calles del abasto.
Suelo cerrar mis ojos, con la ilusión de abrirlos y ver tus oscuros lentes.
Si, tal como lo lees, ver tus oscuros lentes.

Me voy a dormir
y sueño con volver a ser.
Volver a ser, la chica del abasto.
Escuchar tus chistes, tus bromas; y fumar con vos en el abasto.
Si, tal como lo lees,
fumar con vos en el abasto.

Quiero, me acompañes a tomar la línea de subte,
la de colores nacarados, infierno en el subte. Rojo de llamas, subte línea b.

Y estar con vos en el subsuelo,
en el subsuelo,
sub-cielo.

Alud de naturaleza parecida al agua


Eclipse. Colapso.
Sustancias de un mismo paso.

Primero el eclipse,
ver tonos opacos.
Después el colapso,
sentir el horizonte desbordado.

Mares. Lagunas.
Todos los llantos falsos.
Navegar en líquidos infrarrojos,
y el destino es eclipse,
y el futuro es colapso.

jueves 11 de junio de 2009

Un rapero tocaba el violín...

Un rapero tocaba el violín, sonaba al aire del norte, del altiplano, aire andino. Todos miraban al escenario.

Todos no, la banda no era muy interesante.

Lo más interesante era el rapero tocando el violín.

Mi amiga dijo unas palabras, que se adaptaron muy bien al momento:


- ¡Ey vos, rapero! ¡¡Sabemos que hay un tema de los Chalchaleros que te encanta!!


Todos bailaban. Todos no, la banda no era muy interesante.
Todos esperaban al gaucho que animaba el espectáculo: entre grupo musical y grupo musical, decía unas palabras, a modo de payada, o en rima campestre. A lo campesino, rozaba el grotesco. Una mezcla indefinida entre el Martin Fierro y los compadritos del primer Buenos Aires. Sólo su billetera, de falso cuero, sabía por cuántos dineros había aceptado semejante menester.

En la feria de Mataderos, el domingo 24 de mayo.
A unas horas de la aclamada fecha patria, tal vez la fecha mas patria de nuestra tierra. Tal vez la más esperada para actos infantiles, esas en que las madres se agolpan contra las vidrieras
de los cotillones, en busca de un traje de época.

Una vendedora de empanadas, una mulata, una Merceditas.
Vestidos de volados anchos, con formas de campanas en sus polleras.
O los niños que desenvuelven sus dotes artísticos,
jugando ser próceres, negros esclavos y vendedores ambulantes.

Y escuché, ellos decían:

"No señora, el corcho quemado no se usa más. Use el maquillaje artístico, lo usan en todas las escuelas privadas."




(Maquillaje artístico. No recomendable para menores de tres años.)